Revista 2017

XVIII Certamen de Relato Corto

PRIMER PREMIO

TÍTULO: TODOS LOS ZOMBIS
MIGUEL SÁNCHEZ ROBLES

“Morir es fácil. Vivir es lo difícil”

Los zombis de verdad no hacen daño a nadie, sólo muerden los zombis de las películas. Los auténticos zombis de diario sólo van por ahí como gente aburrida con jerséis de lana que se llama Lázara o Carlos Patricio, gente sin voluntad, gente que ha muerto y no dice nada por pereza; gente que mira desde esas terrazas ortopédicas que dan a la A4 llenas de botellas de butano, lavadoras en desuso y bicicletas con las ruedas pinchadas. Gente que vomita siempre muchas más cosas de las que ha cenado o que mira la tele con desidia, con esa manía triste de vivir que tienen los
topos o las ratas.

Anselmo mismo, el portero de mi bloque, es zombi. Anda sin ojos, vive sin ojos, se peina sin ojos. Saca la basura, ordena muy bien el correo, cuelga las llaves, mide con la cinta métrica el aforo del hall, anota en un papel la fecha de caducidad de los extintores, friega con Océdar el cristal del espejo escupido del ascensor. .. Es un zombi más y lo hace todo sin ojos, con sus cuencas vacías como trabajadas a trépano con un buril de cirujano plástico muy torpe. Hace como que te mira, te da las buenas tardes, pero en realidad no sabes si todo eso sale de él o si está programado y lleva un
altavoz o una grabadora en el bolsillo izquierdo de su guardapolvo beig o incluso si posee ese sexto u octavo sentido de algo que deben de tener los zombis, todos los zombis.

El camarero del bar de la esquina también es zombi. Lo que más le ocurre, la seña más destacada de su zombiedad es precisamente eso: como si no existiera. Sólo sabes que existe, que está ahí, si te fijas un poco cuando te ha servido el café o te pide los tres euros cuarenta del desayuno que incluye el zumo de naranja y la tostada de miel. Aunque no es necesario dirigirte a él porque ya sabe todas las mañanas lo que quieres tú y tú sabes perfectamente el importe te va a pedir. A veces me da pena que me lo pida o que me pregunte que qué quiero. Pero, a pesar de todo, yo lo miro mucho o le interrogo sobre cómo ha quedado esta semana el Zaragoza o el Logroñés en la tabla. Y entonces me sorprende, me da con su tristeza o algo así. Me dice: “El Zaragoza va el quinto. Le ha
ganado al Sporting” y me recita los goles a favor y los goles en contra, mientras me mira con un agujero como de escopeta de posta en el pómulo izquierdo por donde le supura una gelatina fucsia que yo asocio siempre con el color o la bilis que engendra en los humanos la ansiedad o la prisa.

La zombiedad de mi vecino Carlos Patricio también es peculiar o arquetípica. No sabría juzgarla de otra manera. No se compra nunca zapatos. Siempre lleva los mismos. Unos zapatos muy zombis, perfectamente zombis. Rotos, sin las cuñas, negroides y descosidos a trompicones en las punteras. Son el paradigma del zapato zombi. A mi vecino Carlos Patricio le faltan todos los dedos de la mano derecha y no se los tapa o se los oculta metiéndose su medio brazo al bolsillo. Ni tan siquiera se pone un guante. Su mano es un muñón en carne viva y con ella le aprieta al botón del ascensor y lo deja siempre sucio de pus. Mi vecino Carlos Patricio invierte en la Bolsa. En su tarjeta pone: Rentista. Su padre hizo mucho dinero con el estraperlo después de la Guerra Civil y aún le dura. Se dedica a eso: a que le dure el dinero que heredó. Durante la semana pica en Acciona o en Telefónica o en EbroFoods, y los viernes vende y recoge ganancias. A veces viene con los labios inflamados y muy morados, muy muy morados, porque a lo mejor ha perdido en la Bolsa o acaba de echarse colonia gratis en El Corte Inglés que luego le da alergia. Y da lástima verlo. Yo creo que es él, cuando viene así, quien escupe una saliva negra, como de petróleo diluido en sopa, en el espejo del ascensor.

También me cruzo todos los días con una chica zombi. Yo voy a por el pan y ella va o vuelve de la Universidad. Siempre lleva minifalda. Sus muslos son cárdenos y llenos de costuras, como si se los
hubiesen mordido jabalíes o se los hubiera destrozado un médico, trabajado ahí, para buscarle piedras debajo de la piel. Le falta medio brazo y le cuelga muy triste la tela azul marino de la manga.
Habla sola. A veces repite muchas veces lo mismo. Eso también es muy zombi. Como lo de los zapatos rotos o las pústulas fucsias en el rostro. A veces repite: “Lo que más vergüenza me da es cuando la gente dice hardware o software “. O a veces repite: “Más tristes son ustedes. Más tristes son ustedes”. O: “Ustedes hacen que el mundo sea una mierda, que el mundo sea una mierda, que el mundo sea una mierda … “. Yo la imagino siempre peinándose muy despacio en casa delante del espejo y dejando muchos pelos después en el cepillo o abortando con sangre un anillo vaginal del tamaño de un cedé. La imagino peinándose con el alma vacía y el corazón moviéndose sin prisa. No sé si el corazón de los zombis se mueve, pero si se mueve tiene que ser sin prisa, como queriéndoles mitigar un gran peso en el alma.

Algunos zombis trabajan a su vez en instituciones zombis. Evaristo Amoraga López, mi cuñado, es jefe de recursos humanos en una de las secciones de oficina del gabinete del Defensor del Pueblo. Un día fui a verle y morí de tristeza. En los pasillos había olor a fotocopia y rata muerta. Ambas cosas mezcladas. Los ficus eran de plexiglás. Las máquinas de expender café o agua tenían un cartel con “Fuera de servicio” escrito con los trazos de un lápiz de labios. Los teléfonos tenían candados. Los armarios tenían candados. Los interruptores de la luz tenían candados. El ascensor no respondía. La calefacción estaba apagada. Un conserje no tenía cabeza, iba de un lado a otro sin cabeza. A veces tropezaba con la pared, caía, y se volvía a levantar para proseguir en su simulacro surrealista de éxodo a ningún sitio. Eso también me pareció “zombísimo”. En el suelo había un color como de polvo reunido por los años. Las escupideras estaban llenas. Todo el mundo estaba sentado, imperturbable, circunspecto, dócil… Daba la sensación de que alguien había dictado normas que impedían sonreír al personal. En realidad nadie tenía un trabajo concreto que hacer. Todos tenían delante sus ordenadores, pero no era difícil imaginar que no tenían una tarea puntual. Cuando llegué a su mesa, mi cuñado Evaristo se llevó la mano por debajo de la camisa blanca a su vientre, se arrancó, sin necesidad de hacer fuerza, su páncreas que nunca le había funcionado muy bien y al que siempre castigó mucho con Dyc y cocacola y me preguntó:

– ¿Esto qué es?
– Tu páncreas- Dije. Y pensé sin saber por qué en algún estrógeno químico introducido en el medio ambiente.

Entonces lo envolvió con las hojas de un periódico ABC, lo guardó en su cartera de polipiel modelo business, se me quedó mirando sin mirarme, mostrándome en su rostro ese color pajizo que nunca se le va, aunque algunas mañanas lo maquille mucho mi hermana, y me dijo:

-Hoy no estoy para nadie. Vuelva usted mañana.

No me reconoció. A veces pasa eso. Los zombis no te reconocen. O los zombis solo reconocen a quienes ya son muy muy famosos. Famosísimos. Y así podría seguir hablando de los zombis, todos los zombis. Del periodista zombi que sólo pregunta qué se siente, qué se siente, qué se siente; del alcalde zombi que dice mucho buque insignia y habilitar los cauces y absolutamente interesante, del tertuliano zombi que siempre critica al pesoe, del otro tertuliano zombi que siempre critica al pepé, del pacifista zombi que dice mucho guay y qué fuerte y para nada y tejido social y empoderar a la gente e incluso dice a veces propósitos educativos, del concejal de urbanismo zombi al que su mujer acaba de dejar por un peluquero joven de Alcobendas porque ya no chupa comisiones, de la friki zombi con la cabeza recosida al tronco que no se da cuenta de que Cartier le paga a la sobrina de un rey por posar con un reloj de su marca un millón de euros y luego va ella, compra el Cartier y lo paga.

De modo que esta es la decadencia que algún día viviríamos. Esta es la famosa realidad en la que todo es zombi, en la que si rascas un poco, como rasco yo, descubres con desidia que casi nada es lo que parece. Nuestro hermoso planeta azul es en realidad  una bola de fuego resquebrajada. Las muchachas de los puticlub están tristes todos los días de la semana. Los pensionistas brindan con agua como los zares de Rusia antiguamente. En la Bolsa han subido al cierre Terra y Pescanova. Las casas están llenas de muchas sillas normales … La gente ya casi no vive una mierda.

Y a pesar de todo, el Fondo Monetario Internacional alerta hoy muy seriamente en sus informes sobre el riesgo de que la gente viva más de lo esperado. Pero la gente no se quiere ir de aquí, no se quiere dejar enterrar, quiere volar un poco más como lo haría un pájaro sin mundo, y hasta las abejas y los gorriones se resisten a la extinción a pesar de los pesticidas y de las fumigaciones masivas que se realizan para la producción de las hortalizas transgénicas. Esta mañana he visto un gorrión zombi que volaba con una sola ala y llevaba en su pico un pedazo de compresa usada. Yo mismo soy un zombi de cuarenta y un años en paro con dos carreras terminadas y un máster en Psicología Evolutiva y escribo estas palabras mientras vomito pedacitos de bazo en el teclado de mi vieja tablet y larvas de moscarda se están dando un festín en la carne podrida de toda mi esperanza.

 

SEGUNDO PREMIO

TÍTULO: EL PODER DEL ADN
CARLOS FERNÁNDEZ SALINAS

Cuando entré como pasante en el bufete, supe desde el primer día que el decano iba a traerme problemas. Empalagoso y obsesivo, su estrategia de piropos y halagos a destajo -afirma que él reconoce a sus iguales, que soy una chica despierta que entiende las cosas que importan y que el gen del éxito está en mi ADN -no tenía más fin que el de generarme una deuda que ya se cuidaría él de que le fuera abonada, más pronto que tarde, y sólo en especie. Bien sabía, por otra parte, que mi situación era desesperada: había terminado Derecho a duras penas, a base de becas y de agotadores trabajos de poca monta, y era necesario algo más que sus balbuceos babosos para alejarme de mi primera oportunidad laboral. Además, yo misma había insistido en entrar en ese bufete en concreto, dejándome llevar por un sentimentalismo inesperado: hacía veintitantos años, mamá había limpiado los suelos del mismo lugar, y me pareció un acto de justicia el que, desde donde quiera que esté, pueda ver que yo también los piso, y que lo hago como abogada, como una mujer con formación, esa a la que ella renunció de antemano para poder criarme, y la que ha motivado que su única herencia material sea un puñado de cachivaches que se hacinan en la habitación de la triste pensión que puedo pagar.

Sin embargo, a veces ni yo misma comprendía mi reticencia a abandonar este lugar, a pesar de la explotación laboral, del parco sueldo y de las insinuaciones cada vez menos veladas del decano,
un casanova trasnochado que no acepta el fin de sus días de conquistador sin escrúpulos. De alguna manera, sentía que debía quedarme, resistir, y quise pensar que se debía a mi avispada capacidad observadora, ésa que también halaga cansinamente este Don Juan de pacotilla. No puedo dejar de darle la razón, aunque jamás se lo confesaría. Hay algo en él, precisamente en él, que me obliga a quedarme, a soportar su acoso indiscriminado, algo que me sostiene, que me hace creer que, si me mantengo firme, se me revelará el por qué.

Y al fin he descubierto la insospechada, espantosa pero, al mismo tiempo, oportuna razón. El por qué el sacrificio de mamá no será en vano, el por qué he soportado lo insoportable, el por qué me mantenía aquí, a la espera de lo que ahora sé. Ocurrió hace unas dos semanas, cuando ya mis constantes negativas y su no menos constante indiferencia a ellas me hizo temer que debía darme por
vencida y huir de este maldito lugar. Me había zafado a lo justo de la repugnante presencia del decano, mientras notaba, recorrida por un asco intolerable, que, en su empeño desaforado de besarme – según él, la mejilla -me había dejado el pendiente empapado de babas. Lo había mirado con un odio visceral, y de nuevo me había sorprendido a mí misma al encontrar en él algo que, otra vez, me generaba una duda a la que no sabía dar forma, pero a la que al fin decidí darle, cuanto menos, oportunidad de revelarse. Y se reveló la sospecha, en un pendiente con restos de la saliva de un degenerado, un informe de laboratorio, un porcentaje del 99% y el recuerdo de mamá, que hace veinticuatro años había sido una joven hermosa, vulnerable, la víctima más que
propiciatoria de un sinvergüenza acostumbrado a tomar lo que deseaba, ya fuese dinero, casos … o la dignidad de una mujer que, para no enturbiar la infancia de su hija ilegítima, prefirió
decirle que su padre había sido un hombre casado “que no había vuelto a ver, que jamás quiso saber de nosotras y al que era mejor que yo no conociera nunca”.

Pero sí lo he conocido, mamá. Ahora sé quién es el hombre que te engañó, el hombre manipulador, poderoso y sin moral que cree que el dinero todo lo compra y a todo autoriza, el hombre que
aún hoy va por ahí presumiendo de sus bastardos despreciados y, sobre todas las cosas, el hombre que desconoce que ha dado cobijo involuntario a una de ellas, una que ha heredado, de la forma más insospechada posible, ese gen del éxito que hasta ayer él mismo me aplaudía. Y ahora, mientras le espero en su despacho, me pregunto cómo se descompondrán esas facciones que me resultaban tan extrañamente familiares cuando, en vez de ofrecerle mi cotidiana sonrisa falsa de todos los días, le ponga por delante una demanda de paternidad.

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