Normalmente, cuando llega el buen tiempo y con ello las vacaciones, días de descanso y más horas de luz, solemos aprovechar para realizar pequeños arreglos en casa, como es pintar, sustituir
algún mobiliario y demás. Los más valientes se atreven con la solería, fontanería, electricidad,… Ante tales arreglos y reformas lo primero que se nos pasa por la cabeza es pensar en profesionales pero al hacer números y ver el coste que ello implica, nos damos cuenta que nosotros mismos somos capaces de hacerlo “después de todo no parece tan difícil”. Y nos saldría mucho más económico.

Con ilusión y algo de miedo si es la primera vez que hacemos algo así, nos sentimos valientes y nos encaminamos a los diferentes comercios que nos pueden proporcionar todos los materiales y herramientas Ya prestos a iniciar nuestra reparación, empezamos con ganas, pero podría ser que lo imaginábamos menos cansado y fácil, la cosa se va complicando, no nos sale como creíamos, se tarda más de lo esperado, y cuando estamos en mitad de la faena y ya un poco desilusionados porque no sale como lo esperado, volvemos a pensar en ese profesional.

Cuando se finaliza, lo normal es que haya quedado decente la cosa, lógicamente sabemos mejor que nadie donde están los fallos, pero que como no se ve mucho, no pasa nada y terminamos con
la satisfacción de haber hecho algo nosotros mismo en nuestra casa, aunque quizás la próxima vez nos lo pensemos dos veces.

A algunas personas todo esto de la bricomanía les gusta y la disfrutan, como es el caso de mi vecino y de muchos vecinos que todos conocemos, poco a poco, día a día ha ido terminándose su
hogar por dentro y por fuera. Mi vecino está la mar de contento y orgulloso con su casa. Le dedica tiempo y la mantiene como un palmito. En estos días he tenido esa idea, pintar la casa y para colmo quitar el gotelé. ¡Con lo bien que estaban las habitaciones con él….!

Empecé con el dormitorio, y lo dicho, comprar pintura, enlucido de renovación, herramientas para tales fines, escojo el color de la pintura, guantes, unos plásticos para no manchar mucho,… vamos, todo lo que nos han aconsejado y creemos necesitar.

Por mucho cuidado que tenga, la casa entera se pone patas arriba y llena de polvo. Hace calor, realizar esos trabajos con los brazos en alto cansa y duelen un poquito al finalizar el día, el techo es difícil y duro, y cuando ya le he dado la primera mano para quitar el dichoso gotelé a paredes y techo, temo que no se va a quedar como imaginaba. Ahora toca lijar, alisar y ¡polvo por todas partes!
Después de esa experiencia observo que hay que dar una segunda mano mas suave pero necesaria para que se quede la estancia digna, otra mano y más lijar y más techo, ufff, por fin llega el día de la pintura que ya parece un paseo comparado con lo anterior. Se pinta cómodamente, se repasan los filos y esquinas, finalmente termina uno satisfecho del trabajo realizado.

Ahora toca pasar a realizar lo mismo en pasillo y salón, pero salgo a observarlos y… ¡ya veo con mejor ojos el gotelé! y tampoco esta tan pasado de moda, ni tan feo. Se queda con el gotelé, una
mano de pintura y tan contento. Eso si, en el dormitorio, una visita no lo verá, pero yo conozco todos y cada uno de los errores que tiene. Lo hemos hecho nosotros mismo y con ilusión, la estancia se ve tan bien como si la hubiera realizado un pintor profesional, tan solo ten en cuenta que si vienes, no te fijes en esos pequeños detalles.

También es verdad que cuando la economía es precaria se tiene que hacer por necesidad y eso ya son otras historias.

José Moreno Comba

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