Una mañana di los -buenos días- tan habituales en nuestro pueblo, una de esas costumbres que jamás deberíamos perder. El matrimonio que se encontraba sentado próximo a mí en la parada del autobús frente la Cruz de Piedra, por su gesto de sorpresa y agrado simultáneo, en un fugaz instante mostraron extrañeza, pero correspondieron al unísono con otro saludo matutino. “No son de aquí” pensé. Y de hecho lo he podido constatar docenas de veces al subir a un ascensor o en el portal de un bloque. Un sano y oportuno saludo mañanero, hasta llega a molestar según quién sea el destinatario.

Esta pareja, que esperaba junto a mí a tan socorrido autobús, me miró de nuevo y al poco me abordaron disculpándose, deseando saber qué podían ver en el pueblo, ya que se hospedaban
en el hotel que teníamos detrás. La búsqueda en mi cerebro fue instantánea. La Biblioteca, sin duda. Mis recuerdos tienen asociados sensaciones olfativas, emotivas o visuales; y en este caso, confluyen todas ellas. Les comenté que de pequeña cuando corría la EGB, nuestra primera aventura escolar fue justamente allí. Un maravilloso, único y fantástico emplazamiento. La vegetación romántica, casi salvaje en mi opinión, penetra por la nariz un variado abanico aromático vegetal. Lo que en su época fue la huerta de los señores Acosta, nos regala visualmente un espectáculo maravilloso.

Existe una pequeña estructura denominada -y así almacenó mi mente infantil- la Casa de las Muñecas. Siendo niña imaginé a jóvenes herederas jugando dentro de su casita con amplios
vestidos de encaje y seda, guantes, elaborados peinados enmarcados con tirabuzones y en el pecho un camafeo de plata y nácar. Y por unos instantes, recuerdo que quise ser una de esas niñas que pudo jugar allí, en su casita en miniatura con todo lujo de detalles.

Lo que hoy ocupa la videoteca y biblioteca, mil veces he reconstruido las estancias, el material del pavimento, el mobiliario de madera maciza, o las vistas que tendrían desde el mirador de cristal policromado de una imponente Vega. Una Vega radicalmente opuesta a la actual, ¿cómo hubiese sido una noche de verano allí? El olor penetrante de la tierra de cultivo, una marea de escandalosos grillos y sapos y toda una fauna configurando la banda sonora nocturna. Y qué decir del cielo cuajado de estrellas por la ausencia o casi nula contaminación lumínica, ¡un espectáculo para los sentidos! El jardín y todo el conjunto en general, tienen una energía maravillosa de calma, paz y serenidad. Sentarse bajo el centenario magnolio viendo la alberca a un lado, la glorieta y las cerámicas policromadas aquí y allá, calma y serena cabeza y espíritu. Y siempre queda la guinda, subir arriba y coger un buen libro.

Esta pareja me sonrió y poniéndose en pie, se despidieron diciendo: “pues vamos a verlo”.

María José Ruíz González

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