“Las tradiciones tienen el valor adicional de crear continuidad dentro de la familia”
(John Maxwell)

Lo que acontece en el patio de nuestra casa, la mañana del 15 de agosto es algo simple, sencillo, pero al mismo tiempo extraordinario. Es el poder de las pequeñas cosas, esas que tienen la capacidad de hacernos felices…

Son fechas importantes para los hueteños y hueteñas, desde los más pequeños a los más mayores, con especial protagonismo de nuestros mayores, que son los que se atribuyen, con orgullo, la
tarea de mantener vivas las tradiciones de nuestro pueblo. Son ellos los que impregnan cada costumbre de alegría y entusiasmo para inculcar en los más jóvenes el arraigo por su pueblo y sus fiestas.

Mi abuela Encarna, a la que tomaré como ejemplo de lo que seguro os suena, porque sucede en más de una casa de Huétor Vega, es de las que pone todo su corazón para que el 15 de Agosto no
nos pase desapercibido. Una semana antes empieza a insuflarnos ilusión adelantando el acontecimiento familiar:

-Encarni (mi tía), dile a las niñas que el día de la Virgen voy a hacer los “papos”.

-Sí mamá, yo se lo diré pero ya seguro que lo saben, como todos los años.

-Vale, dile a Jorge que vaya a buscar chumbos a la vega…

Yo soy de los afortunados que tiene invitación directa para probar los famosos “papos” de la abuela Encarna:

-Nene!

-¡Dime! -Respondo intuyendo que su llamada se debe a la cercanía de la fecha.

-Mira, ya sabes que el día 15 voy a hacer los “papos”. Díselo a tu hermana. Yo de todas formas la llamaré para recordárselo. ¿Estará de mañana o de tardes? – Pregunta preocupada, pues ella no está tranquila hasta que no estamos todos alrededor de la mesa, probando el manjar que con tanto cariño y años de experiencia nos ha preparado.

-No lo sé abuela, pero tú no te preocupes que yo la aviso y ya sabes que a ella le gustan mucho y si puede venir, seguro que no se le va a olvidar.

-Vale Díselo también a tu Noe y que se venga.

-Vale abuela yo se lo diré y esta tarde de todos modos iré a verte.

En su rutina de este día tan especial llama a toda la familia: a su prima “Kika”, a su hermana Estrella, a su sobrina “Kuki”, a mi tito Antonio y hasta al primo Rafa, que trabaja en Madrid, por si
acaso pudiera venir…

Los días que preceden a los días grandes de las fiestas organiza los preparativos con esmero: el chocolate y la leche los compra en el “super” de Ramón, la harina en el PanHuetor y los chumbos los
traemos de nuestra vega, que por cierto en esas fechas están sabrosísimos.

El día de antes, mi abuela ya está nerviosa, ultimando los preparativos y además haciendo los recordatorios oportunos para que no se nos vaya a olvidar el evento. Sabedora de que me gusta disfrutar de nuestras fiestas al máximo, me advierte que no me vaya a la cama muy tarde, que luego me cuesta despertarme y no quiere que me pierda nada ni que me quede sin desayuno. Ella me conoce a mí, pero yo también la conozco a ella, y se, que nunca se quedaría corta haciendo “papos”. Aun así, le hago caso. La noche o madrugada anterior, en el ferial, recuerdo todo el interés puesto por mi abuela, para que pasemos un rato delicioso todos juntos por la mañana que se nos quedará incrustado en nuestros recuerdos, le hago caso y me voy a descansar unas horas.

Por fin llega el día 15 a las ocho de la mañana y me empieza a despertar el olor dulce del chocolate. El aroma del chocolate matutino de mi abuela es algo muy especial. Me recuerda a mi infancia,
no tan lejana. Es el olor al mejor chocolate del mundo y enseguida empieza a oler a “papos” recién hechos… ya es imposible quedarse en la cama porque empieza a sonar el timbre de forma insistente y la casa se llena de algarabía y trajín. Mi padre sale a preparar el patio, mi abuela y mi tía ya están enfrascadas en la cocina. Tengo la suerte de vivir cerca de mis abuelos y puedo ver por la ventana de casa como fríe la masa y como mueve el chocolate mientras no para de hablar con su hermana. Siento una mezcla de ternura y satisfacción.

También me hace mucha gracia verlas tan ajetreadas para que todo salga bien en un vaivén continuo por la cocina y el patio. Pronto me acerco a ver si puedo echar una mano y probar en preferencia el ansiado dulce tempranero. A las nueve todo está preparado. Papos, chocolate y chumbos descansan sobre la encimera de la cocina y mi abuela se recrea en esa imagen
complacida. Nos cuenta una y otra vez… uno, dos, tres, cuatro… Ella nos dice que es para llevar los cubiertos, pero yo sé que es para cerciorarse de que estamos todos.

Llega el momento más esperado. Mi abuela sale de la cocina y se dirige hacia el patio con la olla del chocolate recién hecho y las bandejas de “papos viejos” espolvoreados de azúcar y los chumbos ya pelados. Su cara es la imagen de la felicidad. Las tazas se llenan de chocolate caliente y todos nos lanzamos a probar este delicioso manjar que elaboran las experimentadas manos de mi abuela…

-¿Cómo están los “papos viejos”?- dice al sentarse a la mesa, rodeada de sus hijos, nietos, bisnietos y demás familiares… pregunta, como si no los hubiera probado.

– Riquísimos- decimos desde el corazón…

Pasamos un rato familiar entrañable, compartiendo anécdotas de las fiestas, del verano que hemos vivido hasta el momento y los planes para continuarlo. Los bisnietos juegan alrededor de la
mesa y preguntan qué es eso que han probado tan delicioso.

– “Papos viejos” hijos, ¿a qué están muy buenos? Responde con su sonrisa de abuela feliz. Ese día merece la pena dormir poco, aparte de ese sabor que embriaga nuestro paladar con aromas de la infancia, disfrutar en compañía de toda la familia es lo mejor. La preparación de la receta es muy fácil y los ingredientes son muy sencillos, excepto dos ingredientes personales que pone mi abuela: el cariño y el amor con el que los prepara…

No quiero terminar mi relato sin dejaros la fácil receta de los “papos viejos” de mi abuela por si algún hueteño/a aún anda despistado, recordando que hay también quien los hace añadiéndoles
huevo:

-Por cada medio kilo de harina un sobre de Royal.
-Agua.
-Una pizca de sal.

Se hace una masa homogénea y suelta (no demasiado liquida ni dura) para ir friendo cucharada a cucharada. Se ponen en la bandeja y a continuación, se les espolvorea con un poco de azúcar y muchísimo cariño.

Mientras se prepara el chocolate a la taza al gusto personal y no hay nada más que hacer que disfrutar del desayuno en la mejor compañía. Feliz verano y felices fiestas.

Alejandro García Ruiz.

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