Revista 2017

Mamá quiero tu arroz

Me encanta oír esa petición, me reconforta, me invade una entrañable sensación familiar que indica que mis dos hijas están en casa… El tradicional arroz caldoso de los domingos es mucho más que un rico arroz… es una mañana vivida en familia donde no hay prisa para desayunar, donde no tenemos ganas de hacer algo que esté fuera del entretenimiento y la risa compartida, son instantes para contarnos anécdotas de la semana, acciones de futuro mientras preparamos la “fritailla” en común…

Amanece un domingo cotidiano, abrimos los ojos ya entrada la mañana, siento miradas tras la puerta abierta que se asoman y se esconde, que vuelven y se van… se escucha preguntar en bajito de forma reiterativa e impaciente -¿qué hora es ya? Me doy la vuelta y apenas oyen ese leve murmullo de girar sobre las sábanas que mis niñas vienen corriendo a la cama… tenían un año cuando reclamaron esa costumbre ancestral de refugiarse en los brazos y en el espacio protegido, contra vienta y marea, del tálamo familiar y ahora, veinticuatro años después, siguen acurrucándose en nuestros brazos y a llenarnos las caras de besos. Es uno de los pequeños placeres dominicales que no tiene precio… sentir el calor de sus manos aferradas a mi brazo izquierdo, sus cabezas despeinadas, repletas de pájaros volátiles como los sueños, reposadas en mi hombro, respirando la tranquilidad de otros tiempos… cuando vienen juntas a mi cama sé que el almuerzo del día será arroz caldoso…

Ellas revolotean, se desperezan como gatos pequeños, invaden todo el espacio disponible y se esfuerzan en hacerse visibles… es imposible hacerse la dormida… empiezan a soplarte en el flequillo, a lamerte la nariz, a empujarte al borde de la cama como si allí hubiera un enorme precipicio que jamás nos permitiera regresar… Cuando ya han conseguido el firme objetivo de despertarme a la conciencia real, empiezan a reír con la satisfacción del deber cumplido, entonces me parecen más niñas que nunca, sus ojos de pestañas infinitas se cierran achinados y sus carcajadas de frutas del bosque iluminan la mañana aunque sea gris… son la viva imagen de la felicidad compartida… Llega el momento de atacar… como quien no quiere la cosa Carolina me pregunta:

-¿Qué piensas hacer de comer?
-Algo ligerito que se haga rápido (respondo haciéndome la despistada y conocedora de que mi respuesta no la va a satisfacer en absoluto).
– Mamá, para una vez que estamos los cuatro en la casa podrías pensar en algo más rico… digo yo…
– ¿Cómo qué?
– Mamá queremos comer tu arroz.

Me encanta oír esa petición, me reconforta, me invade una entrañable sensación familiar que exterioriza que mis dos hijas están en casa… El tradicional arroz caldoso de los domingos es mucho más que un rico plato de arroz caldoso… es una mañana vivida en familia donde no hay prisa para desayunar, donde no tenemos ganas de hacer algo que esté fuera del entretenimiento y la conversación simplista, son instantes para contarnos esas anécdotas de la semana, las intenciones de futuro mientras llega el momento de preparar el protocolo, casi litúrgico de cocinar el arroz.
Mi arroz caldoso es un arroz heredado de la tradición familiar, mi madre como todas las madres, ha sido una gran cocinera… no había plato que se le resistiera, de sus manos brotaba, con absoluta naturalidad, la pericia necesaria para elaborar carnes y pescados, estofados y cocidos, cremas y sopas que por cierto yo detestaba… de niña no entendía cómo podía “perder el mismo tiempo” preparando una sopa que apenas se podía masticar en vez de trabar unas buenas lentejas o un buen estofado de ternera con patatas. Siempre he rechazado las sopas y aún lo hago… los amigos/as que me conocen de verdad lo saben… soy bastante Mafalda en ese y otros aspectos de mi vida.

Como iba relatando, el arroz caldoso que yo elaboro es una receta memorizada y nunca escrita de mi madre. De pequeña, la observaba preparar todos los ingredientes en el “pollo” de piedra de una cocinilla al que apenas si me llegaba la nariz -Está tododecía ella, -Bien!- pensaba yo temiendo que tuviera que darme una corría de última hora al ultramarinos de la esquina que nunca cerraba, ni siquiera los domingos. Me fastidiaba mucho tener que ir porque siempre descubría algún insecto desproporcionado en algún rincón del pequeño establecimiento. Era un local tan pequeño que todo se almacenaba en columnas elevadas rozando lo imposible. Las latas de atún se alineaban blindando el mostrador, los chorizos y salchichones pendían del alto techo del local de unas “guitillas de algodón” a modo de estalactitas barnizadas en harina y, aprovechando los huecos improbables, se colocaban grandes sacos de bocas abiertas que mostraban las legumbres a granel y que yo miraba de reojo porque siempre emergía algún infraser oculto entre los garbanzos y habichuelas…  Las telarañas gomosas adornaban las esquinas y en el centro perfecto de sus
geométricas telas palpitaban culonas arañas patilargas que esperaban pacientes las concurridas moscas y polillas que vigilaban la carne del expositor… Olía a especies, a manojos de tomillo seco y al inquietante jabón El Lagarto…

Y entonces, ahora como ayer, seguimos casi obsesivamente el ritual compulsivo de la tradición vivida. Colocamos en el “pollo” de azulejos los ingredientes principales: pollo y conejo fresco, tres dientes de ajo, perejil, una cebolla, dos pimientos, tres tomates, el arroz, el vinillo blanco, la pimienta negra, pimientos morrones y mucho amor… Mis niñas pican bien cortadita la cebolla, los pimientos, dos ajos, el tomate y un poco de perejil. Yo empiezo a dorar la carne salpimentada en un aceite oloroso y verde de los olivares de Íllora, patria de mi abuela materna. Manolo tritura en el vaso de la batidora el higadillo frito, un ajo, un poco de perejil y un chorreón de vino generoso cuya emulsión agregaré antes de echar el arroz. Retiro la carne dorada de la sartén y vierto el picaillo de verduras: primero la cebolla y el ajo, después el pimiento y finalizo con el jugoso tomate que le da un color vistoso y juguetón a la fritailla. Cuando está todo en su punto, trituro la salsa para que no queden restos de “pellejos”… vierto el agua y la dejo hervir a fuego lento hasta que los hervores alegran el caldo con sus saltos burbujeantes, entonces pongo la carne dorada y abandono la preparación a su amor durante un buen ratico para que todo se concentre… Cuando el caldo está trabado, espolvoreo una desprendida ración de pimienta negra que enriquece el sabor con
un picorcillo soportable y un poco de azafrán que lo pinta de atardecer y echo la mezcla triturada que estaba esperando en el vaso de la batidora. Al empiece del hervor esparzo el arroz a puñados: tres puñados por cabeza y tres más para el invitado… Esa era la proporción de mi madre, daba igual el tamaño de la mano, la suya o la mía, siempre tres puñados… un chorreón de vino, tres cucharadas soperas de amor y a esperar que el fuego lento haga su trabajo… Poco a poco la casa se impregna de un aroma predecible y reconocible desde mi niñez… echo los pimientos morrones y espárragos y comienza a activarse trajín de poner la mesa cuando digo .- quedan cinco minutos.- Colocamos el platico con los picantes insidiosos, el pan recién cortado, los cubiertos y sacamos del platero nuestros descomunales platos que atesoramos con esmero y son específicos para el arroz. Cuando tenemos algún invitado se sorprende e ingenuamente nos dicen -. Eso es imposible que te lo puedas comer.- pero cae, hasta el último grano de arroz. Da igual si es verano o invierno, si hace frío o calor… lentamente degustamos cada cucharada, cerramos los ojos, saboreamos con fruición para que este placer no termine, ya no hay conversación, solo el arroz y nosotros… Nos miramos en silencio hasta que todo acaba. Puede parecer exagerado pero no… así lo sentimos nosotros. Carolina y yo somos las campeonas, podemos con todo y cuando terminamos miramos de reojo nuestros platos, que en realidad son ensaladeras, sonriendo, comprobamos que están vacíos y nos tumbamos en el suelo de la cocina para refrescar el cuerpo y la mente… entonces ella cogida a mi mano dice:

– Mamá es el arroz caldoso más rico del mundo, tendría que ser declarado patrimonio de la Humanidad.

Y sonrío, complacida, con la sensación del amor cumplido… un momento más para recordar…

Carolina Higueras Moyano

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