Revista 2017

¿Hacemos un viaje?

Ahora que la tendencia a las vacaciones estivales se impone, propongo un viaje. Y tal como sucede en el peregrinaje compostelano, una vez marcado el destino, el verdadero interés no está tanto en éste como en el propio camino. Sencillo. Igual de asequible. Igualmente, estimulante.

No es un recorrido fácil, y requiere cierta dosis de atrevimiento. Pero los obstáculos son los retos que le dan su verdadero sentido.

El itinerario parte de la dualidad, de esa forma de pensamiento tan arraigada en cuyos límites solemos sentir cierto confort. “¿Qué eres, del Madrid o del Barça?”, (“pues mira, soy del Huétor”, o “no me gusta el fútbol”); “¿española o extranjera?”, (“nací en Marruecos, pero llevo vivido en Huétor más tiempo que en Ouarzazate, y me gustaría quedarme aquí de momento”); “¿de derechas, o de izquierdas?”, (“siempre me he considerado defensora de la justicia social, pero la verdad es que últimamente no me implico en casi nada y vivo con cierto acomodo, no sé cómo se le llama a eso”); “¿cristiano o musulmán?”, (“mira, ni una cosa ni la otra”); “¿de Huétor o forastera?”, (llevo tiempo por aquí pero, ¿tengo que etiquetarme con un gentilicio?, ¿y qué me van a preguntar a continuación para que lo certifique?); “¿hombre o mujer?, (cualquiera dice lo que nadie espera oír, estos viajes tan largos para los que no se venden plazas en autobuses anaranjados… “¡Qué tonterías dices!, ¿qué voy a ser?”); ¿homo o hetero?, (acabáramos, si casi nunca ejerzo… “espera, que tengo un poco de todo, ahora te cuento”).

Y partiendo de las estrecheces de la dicotomía, de las restricciones de las opuestas categorías, este viaje pretende llegar a lo universal (¡qué grande, el universo, cuando una contempla en las noches de verano las inabarcables, innumerables, inclasificables estrellas!), recorrer la multiplicidad, la diversidad, toda la paleta de colores. Trascender el mundo de la polaridad para colonizar el espacio donde quepan todas las categorías. Más aún, para llegar al lugar donde no existan las categorías (tácheseme de utópica, pero ya decía al inicio que el destino apenas sirve para marcar los objetivos), donde cada cual pueda preservar su individualidad más allá de prejuicios, estereotipos y convenciones.

Cuando el americano -que también era español aunque naciera en exilio y no tuviera el documento que acreditara su genuino y legítimo interés por nuestras tierras- Agustín Penon llegó a la Granada de 1956 con la intención de dar luz al final de los días de su idolatrado Federico García Lorca, de inmediato vio truncadas sus pretensiones por efecto de esa misma dualidad (“¿estás con unos o con los otros?”), aniquilado su sueño en opciones excluyentes, en la incompatibilidad, en el terror y la estrechez de miras. Tal era la fuerza de la dicotomía y tan infranqueables sus fronteras que éstas dieron alas al miedo para que su sombra le paralizara en el mismo punto de partida, y le impidiera realizar un viaje para el que incluso traía de América hecho medio recorrido. Hubo numerosos Federicos y Agustines cuyos sueños fueron abortados no tantos años atrás. A pesar de la apariencia, no han caído sus deseos ni los de tantos anónimos silenciados en terreno baldío. Por fortuna llegaron tiempos nuevos, una generalización de los anhelos y la conquista de posibilidades y alternativas.

La multitudinaria exhibición del pasado uno de julio de Madrid recordaba con la declamación de sus versos al propio Federico. Y con él a tantos y tantas que, por las rigideces del mismo pensamiento dual, pagaron y, aún hoy, pagan con sus vidas. El Madrid del uno de julio fue un escenario de libertades en el que, trascendiendo las fronteras de la dicotomía en la identidad (hombre-mujer) y en la orientación sexual (homo-hetero), se abren nuevas posibilidades. Ya iba siendo hora. No debemos dar por finalizado en este punto el viaje, pues no termina con reivindicar seis, ni siquiera seis veces seis, categorías. Se trata de seguir persiguiendo esa universalidad en la que todas las personas quepamos sin tener que justificar a nadie nuestras peculiaridades y rarezas.

Sin olvidar que el camino no es único, que está lleno de itinerarios, sendas, atajos, para que cada cual elija por dónde quiere transitarlo. Sin despreciar los obstáculos, ciertas trampas, propias –las más peligrosas- y ajenas, ni la tentación de retroceder ante la engañosa confortabilidad de los trasnochados esquemas que, por viejos, ofrecen la falsa seguridad de ser bien conocidos.

¡Aventurémonos a viajar! Requiere cierta osadía, pues la libertad asusta, pero afortunadamente en este Huétor de hoy se puede hacer el recorrido sin dejarse la piel, y hacerlo en compañía.

Inma Ruiz de Arcaute Ortiz de Elguea

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