Dice el diccionario de la Real Academia Española que el entretiempo es un periodo de la primavera o del otoño próximo al verano (por acercamiento o por alejamiento) de temperatura suave. Añadiría que el entretiempo no solo viene cargado de temperaturas suaves sino de infinitas afecciones, dolencias, malestares, trastornos, goteras, sufrimientos, padecimientos y demás perturbaciones que nos afectan en mayor o menor medida según los casos, pero siempre nos fastidian y hacen mella en nuestra vida diaria. No como enfermedades en sí mismas, sino como perrerías y plagas que nuestra pobre carne mortal sufre inmersa en este pandemóniun estacional del que somos rehenes. Me falta ir al oráculo de Delfos porque ya ni infometeo.com, ni Florenci Rey, ni la jamona de turno, ni si volviera el mismísimo Mariano Medina me saben decir qué tiempo va a hacer. No ya la obviedad del sol o de la lluvia sino los malditos cambios de temperatura que pasa de extrema a suave que me estás matando. Así arrastro como el que arrastra una carga pesadísima una bronquitis desde hace un mes que me parte el pecho y no se quita ni con friegas de agüita del avellano. La consecuencia de esto es que a los que nos gusta comer, el Señor nos castiga con las penitencias más peregrinas, es decir, el sentido del gusto y del olfato anulados desde que agarré la bronquitis de marras. Esas croquetas, esos cocidos insípidos, esas tortillas de patatas, agua son. Por la mañana hace frío, por la tarde calor y por la noche vuelve el frío. Así pasa lo que pasa. Te abrigas por la mañana y a la media hora estás sudando. Te quitas la chaqueta, errare humanum est, y el frío traspasa tu sudor con una daga tan traidora como la que mató a Julio César. La semilla está sembrada.

Por la tarde calorcillo suave, por la noche fresquillo suave. Y sigues sin acertar con el atuendo, vive Dios. El paracetamol, el ibuprofeno, los corticoides, las aspirinas XL, las vitaminas vitaminadas y las pastillicas de colores corren por tus venas y el hígado es la farmacia viviente que intoxicamos y desintoxicamos según nos convenga por salud o por bacanales varias. Te vuelves un experto como los viejos del anuncio del jarabe y sabes de oído si lo que tiene el vecino de al lado es tos seca o tos con mocos. Los resfriados y ese asesino cobarde que cambia de cara según le convenga llamado gripe, campan a sus anchas. Esto en otoño, pero en primavera estamos en las mismas. Empezamos en marzo con un leve cosquilleo en la nariz, lágrimas picantes de nostalgia por el invierno y hasta junio estamos estornudando mocos y acordándonos del que inventó los olivos. Los antihistamínicos nos dan ese sueñecillo dulce que tanto necesitamos para trabajar o conducir. Resumiendo. Que en invierno vivimos muy a gusto con nuestros abrigos de día y con nuestras mantas paduana de noche y en verano con nuestro pantalón corto enseñando la pelambrera y nuestra cerveza fresquita. Pero ese baile de disfraces, de indecisiones, de templanza y de tonos pastel del entretiempo me enferma aún más. Ni el médico sabe si son galgos o podencos y cuando no sabe lo que tienes te dice que –eso anda ahora mucho por ahí—, como si fuera una moda fugaz o —lo que tienes es un virus que como viene se va—. Qué cachondo el galeno. El entretiempo me cuesta la salud y me toca los cataplines un poquito.

José Miguel Casado ©
Al Sur del tiempo.

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