Revista 2017

El hombre de las estrellas

De nuevo está sólo, mirando el perfil negro del mar a esas horas donde bailan las estrellas.

Tiene un hueco interior, una pequeña oquedad que no consigue rellenar. Se siente con hambre eterna de compañía, de caricias y de largas horas ante un whisky y vibrante jazz. Pero se siente inmerso en el país de los sordos, gente vacía donde sólo resuenan el pronombre en primera persona “yo, yo y yo.”

Son zombis mediáticos envueltos en pegatinas de primeras marcas, pero no tienen alma, como cacatúas humanas repiten una y otra vez las mismas historias de salón y caviar, de lentejuelas y satén. Todo es un artificio, un reclamo ideado para personas sin capacidad para rechazar lo estándar manufacturado lujosamente.

Si él pudiese, se vería frente a otro mar lejos de allí, con su barco Drack, rescatado del astillero y resistente como sus últimos pescadores que desaparecieron en alta mar, una noche de olas gigantescas y duras como el acero, en el camino de vuelta, con el mar en calma como un espejo de mercurio, desaparecieron los dueños sin más. Fue la guardia costera quién localizó la embarcación por la baliza del GPS tres días después. Fue una tragedia para aquellas gentes y un misterio colectivo; así que como una premonición que llama a tu puerta, este barco gris y robusto llegó un día a sus manos. Por eso sabe con ese tipo de seguridad que poseen los antiguos curanderos, los chamanes y gurús, que ese lugar le invitaba a marcharse. Un imán colocado con los polos invertidos, así era él en la sociedad que le había tocado vivir.

La opulencia, la avaricia y la vulgaridad social eran elementos que le rodeaban a diario en ese palacete de mármol, bótox y visas doradas. Observaba cómo engullían la comida con modos aparentemente delicados, pero no apreciaban la comida elaborada con tanto trabajo durante horas por unas manos con cortes de puntillas, y docenas de heridas que protestaban ante el ácido de limones y tomates. Pero esas personas que cacareaban elegantemente entre vinos y langostas, jamás bajarían de su palo dorado para ver a otro ser humano.

Pero eso él ya lo sabe. Baila entre dos aguas, dos ritmos disonantes conforman su realidad, el tintineo de las copas que sirve a zapatos que dejan su eco por pasillos de mármol. Él es una herramienta de la verdad, su ardiente pasión vedada, honesto entre usureros que destruyen todo a su paso a golpe de talón. Mientras dirán “no fue culpa nuestra,” él sólo dirá: “lo advertí
hace ya tanto tiempo, pero no quisieron escucharme.”

Sé cómo piensa, en esencia es como yo. Y sé que detesta todo lo superfluo y banal. Es de aquí y de las estrellas, no de forma poética elogiando a los grandes literatos. Él es de aquí y de allí. Se fusionó con el cosmos, un tipo de sangre especial, un pensamiento también único. Un tipo único en su hibridación terrenal. Puede que sólo esté de paso, y es lo que se pregunta cada noche viendo el agua negra del mar.

María José Ruiz González

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