Revista 2017

Diabolus in Música

Con la canícula, (la Calígula que diría uno de mis ilustrados amigos) los habitantes de las ciudades y de cualquier sitio buscan las sombras frescas de los árboles, de los edificios y de cualquier cosa que haga sombra. Y si puede ser con poco ruido, mejor. Está científicamente demostrado que sentado en una sombra fresquita, tomándote una cerveza helada acompañada de poco ruido o de silencio absoluto, la sensación de frescor aumenta. A la hora de tomarse algo fresquito y a la hora de ver la vida pasar en cualquier ciudad, existen, gracias al Creador, las terrazas de los bares.

Ciudades como Madrid, Barcelona, París o Venecia, son ejemplos vivos como si fueran hermanas mayores que nos llevan mucha vida por delante. Sin las terrazas de gastrotapeo y de gourmeteo cervecero fresquito no existirían tampoco los vendedores de cedés, ni los vendedores de relojes falsos, ni los vendedores de lotería, ni los vendedores de perfumes falsos, ni el tinto de verano. Pero una especie aparte son los músicos. Hasta que no nos ponemos a tiro de golpe de acordeón o de violín o de algún instrumento innombrable de alguna república caucásica, no escarmentamos.

Hay músicos buenos que pueden hacer de un instante un punto G y músicos menos buenos que te intimidan o te putean y hacen que vivas un revival de la úlcera gastroduodenal o de la hernia de hiato. Mi experiencia me hace dividir a los músicos callejeros en dos grupos: los activos y los pasivos. Los activos son los que van a dar la tabarra allí donde estés y te pueden perseguir si no obtienen lo que buscan y los pasivos mucho más profesionales, te los encuentras en cualquier esquina, plaza o estación de metro y terminan su canción y si quieres les das y si no quieres no les das, pero no te intimidan. Mi via crucis musical, me pasó en una terraza más o menos extensa de un bar de mi ciudad, con compañía.

Éramos dos. Sendas cervezas heladas y tapa de chipirones con ensalada.

Aparece en escena un acordeonista mal encarado con barba y sombrero de unos setenta años y de algún país del este de Europa sin tratado de extradición con España, claro, (como si es de Málaga, me da igual) y se pone a tocar en la punta de la terraza. Unas veinte mesas. Cuando termina va mesa por mesa pasando el sombrero para recaudar algo. Al llegar a mi mesa decido no pagar el impuesto revolucionario. Acto seguido arranca la misma canción insufrible del acordeón desvencijado pero por lo visto muy famosa en su país y a quince centímetros de nuestros oídos. Mi indulgencia de amable oyente de conciertos de la 2, se disuelve como una aspirina efervescente. Lo miro a los ojos y nos asalta a los dos el mismo pensamiento, “a ver quién tiene más cojones ¿tú o yo?”. A mi cabeza vienen barbaridades y casquerías varias, pero la paciencia es una de mis pocas virtudes. Nosotros a nuestra bola pero hablando en voz alta y el tio dando la brasa. La gente miraba nuestra mesa como diciendo –vaya se admiten peticiones al músico, qué romántico. Aquí no hay santo ni virgen a quien encomendarse. Estás perdido.

Por fin termina la sinfonía insufrible y se va sin su recompensa. No me apetecía dar ni un euro por eso, hay gente que lo hizo. O me he vuelto muy carca o no entiendo de música. Prefiero el respeto por la gente y la educación de un mal músico buscavidas que la impertinencia y la soberbia de un Mozart. O de una mosca cojonera.

José Miguel Casado García ©

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