Revista 2017

Cartas Amor/Desamor 2017

PRIMER PREMIO

MANUEL TERRÍN BENAVIDES
Aspasia de Mileto

Queridísima María:

Yo te quiero como una soledad vacilante en el pecho, como aurora que enciende cada día los ojos de tierra, más allá de los labios que degenera el tiempo.

Tú me bañas, ordenas el hilo de Ariadna en el laberinto de ciudades caóticas. Tú inventas los jardines donde pisa el zumo de la existencia, de espaldas a ese ciclo que tanto empequeñece.

María: mi vida es el aroma de haberte amado. Aunque ya no llevaras en la frente racimos de penumbra donde anida el deseo y la balada de tus labios oprimiera la tierra que no codicia, aunque fueses saliendo de las horas felices, yo te amaría con el ímpetu de las camelias adheridas a la abundancia de tu cuerpo, gozosamente bella, piel triunfante donde se ahondan las caricias como galeones sumergidos.

¿Quién no estrecha otra mano cuando enciende el vacío bello cielo de setas luminosas sembrado? ¿Quién te puede negar cuando la aurora, suspenso bosque en llamas, se quiebra en el retablo de la melancolía? Todo emerge total, agradecido bajo sonrisa inmensa. Hasta la hierba parece espuma verde de un sentimiento tuyo.

Cuando ya no estrenara gorjeo la mañana de tus pájaros íntimos, cuando ya el balanceo de los árboles no copiara tu cuerpo, privilegio vestal o piedra blanca masticada por un dios indeciso, yo amaría tus pómulos que rompen cada tarde el equilibrio de las alamedas, tus rodillas donde palpita el nylon y la vida se anuncia.

Tu corazón es fuego que no quiere morir inacabado. Profundamente late cuando el cielo parece calleja oscurecida que nunca se termina, pudor sobre los ojos, y me quedo dormido en medio de tu nombre.

Brille ahora tu sombra bordada de vencejos, la que resbala lenta por la serpiente del amanecer, esa sombra que nadie ha podido enterrar.

Brille tu campo poblado de nostalgias y de dioses con mirada de hortensia, tu campo salpicado de luciérnagas fosforescentes.

Los hombres, María, somos sombras avaras, posadas de caricias, mares fríos que aprietan sus dedos en las rocas.

Pero es preciso amar aunque caigan las horas como una negación, los rostros melancólicos que miran hacia arriba para hablar con los muertos.

Porque no se posee lo que no tiene nombre. Porque un día, María, se te olvida besar y ya eres piedra.

Siempre tuyo

 

SEGUNDO PREMIO

JARA DIOTIMA SÁNCHEZ BENNASAR

¿Dónde estarán mis versos,
tantas noches escondidos?
Tú los llamas, es tu voz a quien responden.

Rompo el silencio que tu sueño impone. Me levanto de la cama, me siento ante el escritorio y me dispongo a escribir. Tu cuerpo calla. Temo despertarte con el ruido de mis pensamientos sobre el papel. Se me amontonan las ideas. ¡Ignoras tanto! ¡Hay tantas palabras que no nos hemos dicho! A menudo me aseguras que ya vendrán, que no hay que forzarlas. Pero las imagino en un rincón, amordazadas, queriendo ser dichas, y ese pensamiento me inquieta. Esta noche quiero quitarles la mordaza. No vaya a ser que se acostumbren al silencio y mueran de sordera. Miro tu dormir y la proximidad que desprendes me perturba. Se abren interrogantes que no sé responder. Hoy esta cercanía me reconforta, pero ¿lo seguirá haciendo mañana? ¿Y si, al aferrarme a ella, se convierte en desconocida? Ya sabes que mi mente es tramposa y destruye reglas a su paso. Me atemoriza su jugar a saltarse los márgenes y a crear nuevos límites. Es capaz de desnudar la realidad y  espojarla de sentido, sin saber si este juego acabará soltando a los más inimaginables monstruos. No veo por qué nuestra intimidad debiera de ser distinta. Un monstruo asoma. Me invaden oleadas de reproches contra ti. No entiendo por qué existes y me quieres.

Por qué duermes en mi cama, invadiendo mi espacio, constituyendo mi propia intimidad. Ignoro quién eres, y me pregunto si también te sucede que, a veces, soy una desconocida para ti, y que pensarme se te hace extraño. Esta noche, pensarte es un acto hostil y el tiempo se presenta hecho de algo que no reconozco.

En el escrutinio de tu rostro, mientras duermes, busco alguna verdad, por pequeña que sea. Me desespero, pues sé que apelo a algo que no alcanzaré, que se presenta yéndose ya. Hago memoria. Durante estos ocho meses que hace que nos conocemos, he llegado a creer saber quién eras, a entregarme por completo a nuestra intimidad. Un día incluso pensé que tú y yo podíamos ser nombradas sin que el nombre se nos resbalara entre los dedos. Es difícil de explicar. En cualquier caso, después de la ilusión, me he topado siempre con la frustración. Es la misma frustración que, en este vaivén de sinsentidos, me mueve a escribirte esta carta. En la madera del escritorio se crean surcos donde las palabras, vacilantes, van encontrando su lugar. A medida que se aposentan, voy perdiendo el equilibrio hasta caer, sabiendo que nunca caeré del todo.

Sólo puedo entregarme al vacío. Estoy cayendo cuando, de repente, tu risa irrumpe. Aparece fuerte y sólida desde mi memoria. Se ha colado en este abismo hecho de pensamientos -entre estos pensamientos hechos de abismo-, y ha trepado por mí, fugaz, hasta salir a la luz en forma de recuerdo. El sonido de tu risa me arranca del escritorio y me acerca tanto a ti que me avergüenza invadirte de este modo.

Vuelvo de nuevo al papel, para decirte que es conveniente que sepas que tu risa es una constante. Tu risa pertenece a todos los días, está más allá del tiempo, y también del pensar. Por eso creo que tu risa se parece un poco a la música. A ver si consigo explicarlo. Tu risa se parece a la música en que ambas son sonidos inmunes a las perversiones de mi mente. Las dos residen, constantes, detrás de mi pensamiento, y son voz que mi mente es incapaz de pervertir. ¿Sería correcto decir que ambas me sobreviven? Tu risa entra en los lugares igual que lo hace la música, queriéndose hacer un hueco, empujando el espacio con sus notas. Es como si ambas aparecieran, alegres, cantando sobre aquello en lo que se han convertido. Ahora estoy escuchando en mi memoria la música de tu risa.

Me canta sobre tu felicidad, que yo confundo con la mía, y al final son sólo una. Perdona, se me aceleran las palabras y me expreso mal. Y es que la música y tu risa van juntas en más de lo
que soy capaz de decir. Perdona también si todo esto que te cuento suena a ecos de otros cuentos. O a lo mejor crees que invento la escena. Puede que tengas razón. Lo que sucede es que, aun temiendo a mi mente, más temo a la lamentación “¡Hemos tenido tantas cosas / que decir, y no se dijeron!”, de la que se quejó una vez el poeta, mientras miraba cómo en el aire cantaba la música sin dueño, sin que él pudiera apresarla con sus torpes instrumentos. Yo también soy torpe, aunque lo que aquí quiero decirte es más bien sencillo. Sólo digo que a veces hay preguntas, y frustración, pero al final siempre está tu risa, constante, que calma el desconcierto y ahuyenta a los monstruos. ¡Qué bien sienta tu risa, y qué poco sabes todavía! Otro día te contaré cómo consigues que quiera escribir aquello que no puede escribirse; que quiera hablar de lo que no se puede hablar. Cómo consigues que me crea vencedora de mis sinsentidos. Tanto haces, cuerpo dormido, y más que haces.

En este ir y venir de imágenes, estando yo ya un poco cansada, tu respiración se acelera y abres los ojos. Parecen hablar de una ensoñación lejana. Te cuesta reconocerme. “¿Quién eres?”, preguntas sin hablar. Y yo sólo puedo quedarme quieta, agarrada al escritorio, disimulando esta carta. Por fin sonríes, y tu sonrisa no es más que la timidez de tu risa. Entro contigo en la cama y
tu calor me abraza. Tu risa empieza a buscar, juguetona, la manera de salir, y pronto romperá el silencio que la noche impone.

Diotima

 

PREMIO LOCAL

MARÍA JOSÉ RUIZ GONZÁLEZ

Mi más sentido pésame

Un día apareciste en mi trabajo, un lugar más helado que el mismísimo Ártico, una isleta gélida entre ladrillos de terracota con motivos ornamentales, atauriques, albanegas y madera duramente castigada por generaciones de termitas sin conciencia para el patrimonio. Tu genio e intelecto brillaron desde el primer día, como si asistiese a una lección magistral, tus visitas repetían itinerario e incrementaba la calidez.

Otro día me fijé en esos puntitos dorados que tienes en el iris, brillaban y resplandecían ante mis ojos que eran conscientes de mi cara roja, por la sencilla emoción de tu cercanía. Entre mil anécdotas, unas reales y otras de tu propia cosecha, fueron pasando los días y mi cariño se tornó deseo, el mayor de los deseos contenidos, ya que ante tu estricta corrección, no quería que mutase ni variase, el más mínimo detalle de esta recién estrenada afinidad.

Confieso que en privado, en la soledad de mi salón, mi mente soñaba contigo y te proyectaba en situaciones que iban más allá de la simple amistad. La incertidumbre me provocaba tal angustia que recurría a hablar contigo o mandarnos mensajes, con tal de saber de ti. La amistad, ya había cambiado a amor y deseo. Luchaba contra mi propia voluntad, me decía: “por nada te insinúes,
sé correcta y amable” pero qué difícil me resultaba conforme pasaban los días. Inundaba libretas, folios y papeles solitarios, con mis incertidumbres y razonamientos de manual, todo para saber,
vislumbrar mínimamente si tú me querrías algo. Un día, cambiamos nuestras tertulias de cafés y tés por una mesa sumamente concurrida entre los aseos y el salón de una cafetería. Ese inconveniente, con ingenio y humor se convirtió en nuestra broma: café en la M30.

Adoraba ver ese rostro frente a mí, respiraba tu colonia a corta distancia, a veces me tocabas la mano para dar más énfasis a lo que me contabas, y realmente era mi ratito de pastelitos burlesque, un micro mundo creado por nosotros de forma casual, amoldándose a nuestra intimidad y confianza. El día en el que te pregunté si salías con alguien, “hombre o mujer” tu rostro puso un gesto de sorpresa divertido, al que acompañaron un colchón de risas y mis mejillas se encendieron de nuevo. Y sí, salías con alguien: era mujer. Llevabais juntos más de un año.

Entonces, ¿por qué fuiste a buscarme?

–me sentía solo, respondías y mirabas mis ojos cristalinos deseando llorar de rabia y frustración.

¿Por qué no la dejas si tanto me quieres?

–es complicado, me decías mientras cogías mi mano. Me seguías afirmando en misivas lo mucho que me amabas y cómo había cambiado tu vida.

¡Quédate conmigo! -decía mi boca necesitada de la tuya.

–no quiero dañarla, es muy buena conmigo.

¿¿Y qué hay de mí?? -exhalaba mi boca con tintes de súplica.

Ahora aquí, mirando el teclado soy consciente que nunca fui tu prioridad y tu mi honestidad, ese referente de bondad, virtud e inteligencia. Me encuentro reposando mi calma, mi decepción ha tomado forma de gato y aquí sobre mi regazo lo acaricio mientras repaso tus gestos, nuestros besos y cada viaje que proyectabas juntos. Ibas a construir una máquina del tiempo para mí,
me solías preguntar el punto de destino. Hablábamos de recuerdos futuros, viajes por la Toscana, degustar un buen vino de algún viñedo francés, y ¡qué decir de visitar la cuna del chocolate!. Ahora todos mis recuerdos han tomado un cáliz amargo, de sabor tosco y desagradable. No había lugar a la dudas, amaba mi verdad. Mi cabeza me lanza una pregunta, del mismo modo que si
a un arco se le elimina la clave, de la misma forma al faltar tú, se derrumba mi realidad. Me enfadé también con el espejo, no sé cómo voy a reconciliarme con mi reflejo; mi presencia, mi ánimo e ilusiones se quedaron al otro lado, ese irreal donde todo era posible. Estos auténticos golpes en el alma, juegos de personas que causan deliberadamente daño emocional y moral, deberían
estar sancionados por ley. No permitir que ningún desalmado rompiese el corazón de nadie. A fin de cuentas, ¿qué somos sin corazón o sin alma?.

Lo que soy ahora.

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